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Yo, ¿pecador?

Hola, bienvenidos a una entrada más de nuestra serie: “Fundamentos del cristianismo”. Anteriormente estuvimos hablando sobre la santidad de Dios. Brevemente hablamos sobre cómo el pecado de ninguna forma puede estar relacionado con Dios, quien es Santo. (Si aún no lees la entrada sobre la santidad haz click aquí.) En esta entrada abordaremos más a profundidad el tema del pecado y cómo este se relaciona con nosotros.

Para empezar es de mucha importancia que tengamos claro qué es el pecado. Muchas veces pensamos que el pecado es simplemente hacer cosas malas como mentir, robar, y en general desobedecer los diez mandamientos. Si bien esto sí es pecado, lo que verdaderamente significa es mucho más profundo. La palabra original para pecado es ἁμαρτάνω “jamartáno”, que literalmente significa errar al blanco. No es solamente fallar, sino que ir completamente en contra de lo que se espera que hagamos. El pecado o pecar, es considerarnos a nosotros mismos como nuestro propio dios. Es hacer (o dejar de hacer) lo que queremos haciendo caso omiso a aquello que Dios dice al respecto. El pecado es algo que proviene del corazón (Jeremías 17:19) (Mateo 15:19). Las acciones externas pueden ser aparentemente buenas, pero el pecado corrompe el corazón.


Conociendo que el pecado es algo que proviene de nuestro corazón, es importante que comprendamos cuál es su origen. Para esto quiero que imagines un jardín, y no cualquier jardín. Imagina un jardín sumamente hermoso, lleno de plantas, animales y flores de todo tipo. Acá hay una paz inexplicable. La presencia de Dios se encuentra allí. Quiero que imagines esa tranquilidad por un momento. Fue allí donde Dios creó a Adán y Eva, entregando todo para ellos. Les permitió todo. Todo, excepto ser como Dios. A pesar de todo lo que tenían, el corazón de Adán y Eva fue corrompido, anhelando ser igual a su Creador. Fue allí donde el pecado se sembró en sus corazones Y fue así también, como el pecado entró en el hombre. La Biblia en Romanos 5:12 nos indica que por causa de Adán, el pecado entró en todos nosotros. Por lo tanto, todos pecamos. (Romanos 3:23)


Entonces ¿cómo nos afecta el pecado? La principal consecuencia que tenemos como pecadores es la separación de Dios “...pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír”. Isaías 59:2


En la Biblia encontramos al menos 5 consecuencias de esta separación:


  1. El pecado nos roba el gozo. Al haber pecado en nuestra vida el gozo se pierde, hay un vacío en nuestro interior que solamente Dios puede satisfacer, nadie más. (Salmo 51:12)

  2. El pecado trae daño físico. No solo espiritualmente estamos dañados al estar lejos del Señor. Físicamente el pecado también trae consecuencias. El rey David nos relata cómo el pecado trajo dolor ¡incluso a sus huesos! (Salmo 38:1-3, Salmo 31:10)

  3. El pecado produce temor. Al estar separados de Dios, Su paz no está con nosotros. Proverbios 28:1 nos narra cómo el pecador huye sin siquiera ser perseguido, es esclavo del temor.

  4. El pecado esclaviza. Un esclavo no tiene voluntad propia. Está literalmente bajo el yugo de su amo. De esta forma el pecado se convierte en nuestro amo (Juan 8:34).

  5. El pecado trae muerte eterna. Dios en su santidad traerá juicio al pecado. Cuya consecuencia es la muerte eterna, el sufrimiento eterno y la eterna separación de su gloria. (Romanos 6:23)


Conociendo las terribles consecuencias del pecado, es válido preguntarnos: ¿hay algo que podemos hacer al respecto? ¿Será que compensando nuestro pecado con buenas obras, ofrendando abundantemente o haciendo votos sacrificiales podremos limpiarnos de este? Quiero que reflexiones: ¿puedes acaso limpiar la suciedad con un trapo sucio? ¡Definitivamente no! Lo mismo sucede con el pecado. Como pecadores es imposible que podamos limpiarnos de nuestro propio pecado.


Ahora bien, esto no termina acá. Dios en su gran amor, gracia y misericordia no nos deja sin esperanza. Descúbre de qué manera revela esta parte nuestro Dios santo y justo en la siguiente entrada de esta serie: La Gracia ¡Te esperamos!


Con cariño en el Señor, Emy.




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