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¿Eres un verdadero hijo de Dios?

Aunque muchas personas se llamen a sí mismas cristianas no todos viven conforme a lo que Jesús nos mandó. Analizar el comportamiento del mismo Hijo de Dios nos puede dar parámetros de conducta, formas de accionar, causas para seguir, motivaciones correctas. Si nuestra mayor aspiración como nacidos de nuevo es ser como Él, te invito a poder leer esta entrada. Que Dios te hable, confronte y sobre todo, te haga querer cambiar para bien.


¿Cómo se ven los verdaderos hijos de Dios? ¿Cómo se comportan? ¿Cómo reaccionan y cómo podríamos identificarlos fácilmente? ¿Seré yo uno de ellos? Leamos a continuación y saquemos nuestras propias conclusiones:


Los verdaderos hijos de Dios reconocemos la autoridad de Dios en nuestras vidas. Sabemos que nuestro Padre es justo y santo por lo tanto no tolerará a quienes decidan no ingresar por la puerta estrecha que lleva a la vida. Los verdaderos hijos de Dios reflejamos Su luz. Esto se hace evidente en nuestro constante vivir, en nuestra forma de ver y tratar a los demás, cuando hablamos lo justo y denunciamos la perversión sin temor. Reflejamos la luz que habita en nuestras vida y buscamos desesperadamente compartirla. Esto último no es una carga para nosotros, es un deber importante que no tiene fecha de caducidad. De la misma forma que nuestros ojos fueron abiertos deseamos insaciablemente que los demás puedan hacerlo. Compartir las buenas nuevas es una tarea de vida y los verdaderos hijos de Dios lo sabemos.


Además de todo esto, buscamos imitar a Cristo. Desde lo secreto hasta lo público. Nuestra vida entera se centra en acercarnos más al estándar que Jesús modeló mientras estuvo entre nosotros. Esto conlleva mantener una constante, creciente y estrecha relación con nuestro Padre. Es una forma de vida que va en aumento. Anhelamos vivir en perfecta dependencia Suya, la única dependencia que es correcta. El resultado de esta relación es que sigamos Sus preceptos. Todos y cada uno de ellos, se encuentran en Su Palabra. Como un verdadero hijo de Dios meditamos en ella de día y de noche, la atesoramos y la usamos como guía de vida, como nuestra única y última palabra. También compartimos Su mensaje tal y como escrito está. Este mensaje no lo cambiamos, no lo ablandamos, ni lo adaptamos a nuestras necesidades. Es duro, pero cada vez que la leemos somos confrontados por Sus mandamientos y corregimos nuestro caminar bajo estas indicaciones. Que el mundo polarice lo que es bueno o malo no nos afecta, pues tenemos Su palabra: la única verdad. Es a través de ella que tomamos fuerza para poder corregir a los creyentes y a los no creyentes para así elevar su nivel de entrega a Dios. También buscamos hacer evidente la realidad que quienes no aceptan a Jesús como su Salvador, están condenados a la muerte eterna. Esta responsabilidad es de vida o muerte y nosotros lo sabemos. El regalo de la Salvación no lo deseamos únicamente para nosotros. Es por eso que con nuestros corazones llenos de misericordia presentamos a Jesús como el sacrificio perfecto por nuestros pecados. Somos incapaces de corresponder Su entrega y por eso anhelamos que otros puedan sentirse así de amados.


El impacto de las Escrituras en nuestras vidas se hace evidente cuando vivimos de forma libre de ataduras religiosas. Sabemos que hemos sido salvos por el único camino que lleva a la vida: Jesús, el Hijo de Dios. Es Él quien gobierna nuestras vidas y quien dirige nuestras decisiones. Tampoco tememos perder nuestra vida por defender Su mensaje. La muerte es solo la entrada para permanecer junto a Él eternamente. Para los verdaderos hijos de Dios la persecución, tal y como Jesús mismo la experimentó, es una evidencia de que estamos haciendo lo correcto a Sus ojos.


Otro importante aspecto es que los verdaderos hijos de Dios nos reconocemos como templos vivientes en donde habita el Señor Todopoderoso. El peso de saber que en nosotros habita Su Espíritu, nos hace actuar en rectitud. Cada día peleamos la buena batalla por mantener esta habitación limpia para Él. Sabemos también que nuestro corazón es solo de Él y nada puede ni debe ocupar Su lugar. Acá no hay espacio para ídolos, Dios llena cada espacio.


Es importante mencionar que además de todo lo anterior, quienes somos fieles y verdaderos hijos de Dios reconocemos en todo momento Su santidad. Es por eso que para nosotros no es ajeno saber que la justicia de nuestro Padre rechaza la impureza que trae el pecado. Sin embargo, vivimos también eternamente agradecidos por el tremendo amor y misericordia que inmerecidamente hemos recibido de Él. Nuestro agradecimiento se refleja en la búsqueda constante para agradar a Dios. Reconocemos Su autoridad en todo momento. Y de la misma manera, cuando caemos o pecamos, entregamos nuestras faltas y clamamos por Su perdón. Gozamos de Su gracia y aceptamos las consecuencias de nuestro pecado. Finalmente nos arrepentimos profundamente para no volver a caer.


¿Mientras leíste todo lo anterior te sentiste identificado con la forma de vivir de los verdaderos hijos de Dios? ¿Eres tú un verdadero hijo de Dios? ¿Deseas honrar a tu Padre con esta importante decisión? ¿Estás consciente de lo que esto significa?


No somos perfectos, pero anhelamos llegar a la altura del varón perfecto: Jesús. Ánimo, sé intencional en mejorar, comprométete a avanzar día a día y si te vas a comparar, que sea contra el perfecto ejemplo de Cristo.


Fabri


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